Archivo del Autor: ushindi735

Ecos…

Estoy haciendo unos días de Ejercicios Espirituales y hay algo muy hermoso que me ha sido dado: “ser contemplativos del misterio de las personas”. Lo ha dicho el sacerdote, de manera fugaz, en una de las charlas. Y a la hora de comer, mientras veo a una religiosa ya viejecita, tan llena de paz y serenidad, conectando con esa alegría, llegan a mí todos los ecos de mis nueve años en África, siempre en nuestro pequeño poblado de Kanzenze, al sur de la República Democrática del Congo.

Decía Isa Solà – asesinada en Haití – que, después del terremoto, lo que más le impresionó fue ver cómo la gente salía de nuevo a la calle y ponía sus pequeños puestos para vender… gente que lo había perdido todo: casa, familia… todo… comenzaba de nuevo con toda sencillez. Porque hacían lo que en ese momento podían hacer: estar vivos.

El día en que Chancelle y Louis perdieron su casa en Kanzenze, Louis llegó contento al colegio, como cualquier otro día. Nada parecía adivinar lo que yo había sabido poco antes y que me pareció toda una desgracia: por la noche, con las lluvias, se les había venido abajo la nueva casa que estaban construyendo – la actual era muy pequeña y de alquiler -, y con ella, tantos ahorros y tantos esfuerzos. Después de un rato, viendo que Louis no decía nada, le pregunté por el tema. Me lo contó con una serenidad total: volveremos a empezar. Y se fue a dar sus clases de inglés como todos los días. Fue él quien me dijo un día que su alegría procedía de estar vivos.

Así cuida Kaj de su hijo Héritier, con una grave enfermedad neurológica, y sin medios. A veces el niño pasa horas y horas llorando. Y, como se va haciendo mayor, tenemos que buscarle una silla de ruedas adaptada porque cada vez pesa más para llevarlo a la espalda. Kaj me decía el otro día que no cambiaría a su hijo por nadie.

Es el “prodigioso misterio de la alegría”, del que habla el sacerdote que cuida de los niños en uno de los más grandes vertederos de Manila. La alegría de los niños viene de estar vivos y de estar juntos. Es la alegría que tienen Caroline, Louis y Emmanuel, tres ancianos leprosos que, abandonados por sus familias, viven en una pequeña habitación, cada uno, en el recinto de nuestro Hospital. La vida les da para lo justo, sin agua, sin luz, con problemas de vista y de salud. Pero, de vez en cuando, vienen y me regalan un gallo. Y me dicen que para ellos soy un ángel. ¡Ellos sí que son ángeles! ¡Cuántas veces han traído consuelo a mi corazón misionero! Ven la realidad limpia, porque ellos son limpios de corazón.

Ernestine es casi ciega (pudo salvar algo de vista en un ojo gracias a una operación que pagó una familia española). Felix tiene un trabajo muy sencillo y sus hijos empezaron el año pasado a ir a la Escuela. Antes no podían porque eran muy pobres y porque como Ernestine no ve apenas, las niñas llevaban a cabo la mayoría de las tareas de la casa, entre ellas, ir a buscar el agua. Ahora tienen un pozo y eso les ha cambiado la vida. Pero en su casa, como me decía una hermana congoleña que me acompañó una vez a visitarles, hay más alegría que en la casa del Presidente de la República.

Y luego, la vida se acoge y se despide con total naturalidad. Se grita de gozo ante el nacimiento de un niño y se grita de dolor ante la muerte de un ser querido. Cuando un niño nace, empieza a pertenecer a toda la comunidad. Cuando una persona muere, vuelve a la tierra de los ancestros. En nuestro poblado, cualquier niño pequeño sabe que un muerto siente a frío, es rígido y que, si se tarda mucho en enterrarlo, empezará a oler mal. La gente sabe que es polvo, y que a la tierra vamos a volver. Yo quisiera aprender, de la tierra que me acoge, la simplicidad del vivir, como le dijo un día el sabio hindú Ramana Maharshi a una mujer muy sencilla: “Sé la que eres siendo plenamente tú misma”. Y así, hasta el último segundo, el último respirar de la entrega total y definitiva.

África está llena de miradas limpias, profundas, agradecidas. También las hay ávidas, ambiciosas, corruptas, desencantadas, ansiosas, inquietas, insatisfechas, infelices. Hay también odio, rencor, agresividad, chismografía, envidias, recelos, amarguras. Hay también alienación en lugar de alineación. Pero, en general, existe una profunda alegría de vivir, un gozo profundo de Ser. Es como una pequeña planta que se abre camino en el terreno más pedregoso. Como el agua que brota de lo profundo de la tierra sedienta cuando se excava un pozo en estación seca. Y, a más profundidad, más limpia es el agua.

Para el hombre bantú, Dios es vida. Dios es la Vida. Dios nos da el aliento de vida. La vida, en su concreción, es el corazón de las cosas. La vida se siente más que se piensa, en un contacto muy directo, sin mediaciones, perfectamente expresado en las lenguas locales, que utilizan otros matices de lenguaje para referirse a la percepción. Es la Vida sintiéndose vivida. No hay nada fuera de lo que, simplemente, es. Hay un aliento vital presente en las plantas, en los animales, en la selva, en las personas y en el cosmos entero. La vida es con frecuencia esa lucha ente lo que da la vida y lo que nos la arranca. Esa lucha abarca el instante, los espíritus, el poder de las cosas… y la vida vuelve cuando las personas se pacifican a través de un gesto, de un regalo, de un comer juntos, en los que lo que estaba desintegrado se integra de nuevo en la vida de la comunidad.

Siempre me ha impresionado el momento en el que vamos a enterrar a alguien en el cementerio del poblado. Se siente el olor de la tierra roja, la humedad de los árboles, el soplo del viento, el canto de los pájaros. El hombre bantú sabe que la vida es efímera, y que lo que Es perdura cuando perdemos nuestra pequeña forma. Sabe que hay una comunión posible y real que atraviesa nuestros pequeños contornos, más allá y más acá. En Kanzenze, un día cualquiera te puede sorprender con la sorpresa de que una familia te quiere ofrecer lo más hermoso que tiene, y quiere darle tu nombre a su hija: “Hermana, el día en que te vayas de aquí te echaremos muchísimo de menos, pero nuestra hija lleva tu nombre y tú vivirás siempre con nosotros”.

En nuestra vida rural, ha entrado mucho de esa disrupción occidental que se pierde en la multiplicidad de las cosas, anestesiada en el reconocer su verdadero valor. Pero aún existe esa pobreza – que no es miseria, sino grandeza de corazón -, que hace descubrir y agradecer cada bien recibido. Es natural dar gracias antes y después de cualquier cosa.

A ratos, sueño también con volver a Camerún. Allí fui por primera vez a finales del año pasado, a nuestra misión de Ngovayang, un valle entre montañas. Nos encargamos de una escuela primaria para niñas y niños pigmeos y bantúes, y tenemos un Hogar para 40 niñas pigmeas de entre 4 y 12 años. Es un valle del que impresiona su silencio, su frondosidad… la radicalidad de la entrega sin reservas que pide y la exuberancia de la vida que brota en cada instante de sus gentes, de los niños, del bosque, de las cataratas… Políticas profundamente injustas arrancan a los pigmeos de su hábitat para construir oleoductos y comerciar con la madera. Y los pigmeos, atrapados por el alcohol e incapaces de soportar tanto desarraigo, están desapareciendo.

Uno de los signos más bonitos es que es común, al orar, quitarse los zapatos. Para orar, necesitamos el contacto real y directo con la tierra, con la Realidad que nos sostiene y que nosotros contenemos también. Se ora con los pies, con el movimiento del cuerpo, con las vibraciones del canto que se hace corazón. Si algo es el corazón de África, es comunión existencial y vital.

Y, por eso, la vida misionera sólo se puede recorrer a pie y a corazón descalzo…

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AUDIO DE LA ENTREVISTA “ESTO ES AFRICA”

¡Hola, amigos!

Os envío el enlace a la entrevista que me hicieron en la noche del 3 al 4 de febrero de 00 a 01h en el programa de RADIO MARÍA ESPAÑA titulado ESTO ES AFRICA con Beatriz Luengo:

https://wetransfer.com/downloads/d6cfb498ec61e70b4f2d34980d93731920180202205723/158411c3847095a9486d877032fa49d920180202205736/5f99e8

Fue un momento bonito de compartir la vida y la fe y quiero haceros partícipes a todos.

¡Un abrazo grande! Y mi oración,

ushindi

 

Cataluña desde el Congo

No es lo mismo ver el mundo desde el centro que desde las periferias, y las cosas se ven distintas desde el estrecho de Magallanes que desde las más conocidas capitales del mundo. Es una idea del Papa Francisco que me gusta muchísimo. Y hoy vuelvo a ella para compartir algo con todos vosotros.

Soy una misionera mallorquina y desde 2009 vivo en Kanzenze, un poblado de la provincia de Lualaba, al sur de la República Democrática del Congo. Algunos de mis hermanos han nacido en Barcelona, y mi padre tuvo su primer trabajo en Cataluña. Parte de mi familia vive hoy allí. La primera vez que fui a Barcelona, mis padres me enseñaron con especial ilusión la que fue su casa. Ellos nos hablaban de la gente que allí habían conocido como gente amable, acogedora y muy cordial. He vivido dos años y medio en Sant Cugat del Vallés, en donde empecé mi formación en vida religiosa. En varias ocasiones, he pasado varios días e incluso un mes entero en “La Cova” de Manresa, en la que San Ignacio de Loyola dio los primeros pasos de su andadura espiritual. El Instituto Uzima, en el que trabajo ahora y que permite que casi 500 chicos y chicas puedan estudiar en nuestro poblado, ha sido financiado, a través de Manos Unidas, por un señor catalán.

Junto a ello, en mi historia familiar hay un poco de España, Italia, de Francia, de Irlanda, del Centro de Europa… y seguramente de muchos sitios más. Mis padres siempre tuvieron interés en que aprendiéramos idiomas y eso nos resultó más fácil porque estudiábamos mallorquín (o catalán, ¡no voy a entrar en otro debate!) y castellano. Quise aprenderlo bien y me examiné del Nivel C que aprobé con buena nota. Conocer dos idiomas desde mi infancia me ha facilitado aprender después inglés, francés, alemán, italiano, suajili, algo de chino… y ahora estoy estudiando arameo. Estoy convencida de que la lengua más difícil de aprender es la segunda, porque es cuando la mente hace clic y empieza a comprender que las cosas se pueden expresar de mil modos y maneras, que cada lengua configura una visión del mundo y que la manera de ver el mundo afecta al corazón de cada lengua. En los veranos, íbamos al extranjero a aprender idiomas y, con ello, se nos iba abriendo todo un universo. Uno de mis hermanos vivió en una familia de hindúes en Estados Unidos, otro en una familia de lefevrianos en Francia… yo viví una vez con una familia tradicional irlandesa que enviaba a sus hijos a estudiar gaélico y otra con una señora muy mayor descendiente de los que en 1916 y en 1921 lideraron la independencia de Irlanda. La primera vez que aquella familia de hindúes vino a visitarnos a Mallorca, se quitaron los zapatos para entrar en casa. Y yo, en aquellos pies descalzos, comprendí la belleza de la diversidad en la unidad, y de la comunión en la diferencia. No puedo dejar de contaros que recibí la noticia del atentado en Las Ramblas de Barcelona cuando, precisamente, estaba trabajando, a través del ordenador, en un proyecto precioso con un amigo musulmán, que consiste en un acercamiento a los Evangelios desde el arameo, una de las más antiguas lenguas semíticas.

Hoy escuchaba –  me han mandado el audio por Whatsapp, la entrevista de radio que le ha hecho esta mañana Cristina López Schlichting a un amigo de la familia, Tomy Feliu. Recientemente, ha publicado un conmovedor texto en el que explica los motivos que le han llevado a la decisión de dejar Cataluña. Alguien que ha vivido 15 años allí, que ama esa tierra y a sus gentes y que, incluso, tiene un hijo catalán. La entrevista ha sido serena, aunque rezumaba el dolor de la división. Algo que me ha impactado particularmente es que Tomy decía que necesitamos vista de halcón, para ver las cosas más desde lo alto, con una perspectiva más de conjunto, con otro horizonte. Algo así como cuando en 1990 Carl Sagan habló sobre la Tierra desde la perspectiva de una foto tomada a 6.000 millones de kilómetros, o como lo que explica Christophe Galfard en un maravilloso libro titulado El universo en tu mano. Un viaje extraordinario a los límites del tiempo y del espacio.

Y por eso me he decidido a escribir desde el Congo. Para sacar mi bandera blanca y expresar que es posible integrar la diversidad sin dejar de ser una familia, como expresaba recientemente en la Eurocámara el ex-primer ministro belga (1999-2008) Guy Verhofstadt. Para decir con Pedro Casaldáliga, Premio Internacional de Cataluña, que lo que está sucediendo no es un proceso natural y que preferiría que las cosas fueran de otra manera porque así no tienen sentido. Es aquello que expresa Ken Wilber en su libro Breve historia de todas las cosas y que consiste en el hecho de que, cuanto más avanzamos hacia estadios superiores de vida y de conciencia, más capaces somos de integrar, de aunar, sin dejarnos llevar por divisiones tribalistas, por guettos, racismos, odios, extremismos ni radicalismos (del color que sean).

El debate sobre la independencia de Cataluña y los acontecimientos que han rodeado el 1-O, los he vivido desde la brutal realidad que viven en la República Democrática del Congo millones de mineros artesanales, un proyecto en el que he estado trabajando estas últimas semanas (y con una perspectiva más amplia, desde 2016). He seguido con extraordinario interés, en la medida en que las comunicaciones me lo han permitido, las noticias que llegaban sobre este difícil momento que atraviesa España. A la vez, yo me estaba impregnando de esa realidad de seres humanos como tú y como yo que no tienen acceso a la luz, al agua, que descienden desnudos a 70 (y más) metros bajo tierra y en donde llegan a pasar a veces varios días para conseguir cobre, cobalto, casiterita (uno de los tres así llamados “minerales de sangre”), oro… trabajo por el que cobran unos sueldos de miseria mientras otros se vuelven millonarios. He visto a niños de 6 y 7 años trabajar en las minas, a las mujeres lavar minerales de 7 de la mañana a 6 de la tarde, bajo un sol abrasador, y en contacto con el uranio sin protección alguna, en aguas sucias e infectadas. He visto la cadena de una miseria que se prolonga porque millones de personas hoy no pueden acceder a la educación ni a la salud.

No es sólo eso. Vivo en un país que lleva 57 años desde su independencia – el 30 de junio de 1960 y precisamente en una provincia que, tres días después de esa fecha, ya comenzó una revuelta por la secesión. Vivo en medio de un pueblo que lleva consigo un cuerpo dolor inmenso, fruto de la esclavitud, de la humillación, del sometimiento. Vivo en un lugar en el que hace 27 años hubo un conflicto entre provincias (Kasai y Katanga) que condujo a la expulsión y exterminio de miles de personas. Vivo en un país que cuenta con más de 3 millones de desplazados; y unos 1.800.000 desde agosto de 2016 hasta ahora, que ha llenado las calles de muchas ciudades de niños sin hogar. Y os digo que son heridas profundas, muy profundas. Admiro profundamente a la gente de este país que me acoge, personas resilientes y acogedoras, pero no por ello dejo de experimentar lo que supone en el día a día, convivir con gente que ha tocado el fondo de un sufrimiento así. Vivo en un país en el que te pueden encarcelar o matar por pensar diferente, en el que te controlan lo que publicas y en el que ser libre se paga muy caro. Y a esto se llega siempre que no nos respetamos, a esto podemos llegar nosotros también si seguimos agrediéndonos unos a otros.

Hace dos semanas, quemaron a un hombre en nuestro poblado. Durante muchos meses hemos pasado largas temporadas sin luz, debido al robo de cable del tendido eléctrico. La población se iba rebelando más y más y una noche, cogieron a uno de los ladrones. Primero le sacaron los ojos, a unos 6 km del poblado. Y luego, muy cerca de nuestra casa, enfrente de la Maternidad del Hospital (por la parte exterior) lo envolvieron con neumáticos de coche, lo rociaron de gasolina, lo tiraron en una cuneta y le prendieron fuego. En la oscuridad de la noche, la gente se agolpaba y animaba ese terrible acto. Al día siguiente, disputas entre un poblado y otro. Ahora se han calmado las cosas, pero ha quedado una herida profunda. Ese suceso me ha hecho pensar mucho sobre el hecho de que hay algo que es común a cosas que pueden parecer muy diferentes. Porque la raíz de la violencia empieza en el propio corazón. Hay veces en que una se pregunta, como la educadora social en Ripoll a raíz de los atentados: ¿Cómo puede ser? No hay otro camino que el diálogo, el respeto, ese envainar la espada que le dice Jesús a Pedro en el Huerto de Getsemaní y que tanto fascinó al estudioso René Girard cuando profundizaba en la violencia en la Literatura. Para eso hace falta todo el valor y la dignidad de lo que somos: seres humanos. Mucho más que para insultarse mutuamente, despreciarse y asfixiar el ambiente.

Creo que es posible integrar las diferencias de lenguas, de maneras de pensar y de ver el mundo, de costumbres, de tradiciones. Pero, en cualquier caso, no generemos más dolor en este mundo. No fabriquemos problemas que no existían, ni levantemos muros en lugar de construir puentes. Como decía Tomy, la vida es demasiado breve para pasarla discutiendo por un pedazo de tierra o para estropearla con identidades excluyentes. No somos unionistas o separatistas, no somos blancos o negros, no somos “… o…” sino seres humanos.

Yo creo que, en el fondo, lo que tiene las raíces más hondas en nosotros es la vida. Para estos días, os recomiendo dos libros: uno, de López Lomong titulado Correr para vivir. De los campos de exterminio de Sudán a las Olimpiadas. Y otro de Stefan Zweig titulado Los ojos del hermano eterno. A lo mejor, si aprendemos a acogernos y a escucharnos, a estar atentos incluso al latir del dolor que se esconde detrás de la violencia, si nos disponemos a ver en todo ser humano a nuestro hermano, podremos ver el despuntar no sólo de la resolución de esta crisis, sino de un futuro más bello, más humano y mejor para todos.

 

 

Prisca y el Corpus Christi

Decía Pedro Casaldáliga, en una oración muy bonita, que él se presentará ante Dios con el corazón lleno de rostros y de nombres… A veces, la Adoración Eucarística es precisamente eso, ver junto a Jesús tantos rostros y tantos nombres, tantas historias de vida, de lucha, de superación… tantas vidas ocultas y anónimas en las que, en medio de todo y pese a todo, late la esperanza. Un buen amigo, el P. Diego, decía el otro día en uno de sus tweets: “Para encontrar a Cristo es necesario que toquemos su cuerpo en el cuerpo llagado de los pobres como confirmación de la comunión sacramental”.

Prisca tiene 9 años y hace dos que no va a la escuela. Es la mayor de 5 hermanos: Jolvine tiene 7, Emélie tiene 5, Jonathan 3 y Léonard es un bebé de 2 meses. Su padre es alcohólico y después de muchos problemas, su madre ha terminado por abandonar el hogar para volver a casa de sus padres. Prisca dejó la escuela porque no tienen medios, su padre se gastó todo en el alcohol y aunque ahora él ya no está en casa, no saben cómo remontar. Su madre cultiva y Prisca, a veces, la acompaña al campo a trabajar. Ahora viven con los abuelos, y la madre y los 5 hijos tienen una pequeña habitación donde hospedarse. Prisca tiene muchas ganas de ir al cole, y su madre, por fin, se decidió a venir a ver a la Hna. Clémentine y explicarles lo que les pasa. Su madre pedía una beca, y decía que está dispuesta a trabajar en lo que sea para que su hija pueda estudiar. También le gustaría que estudiara Jolvine, que tiene que hacer 1º de Primaria, pero eso lo ve muy difícil por el dinero, y ha pensado que, al menos, estudie la mayor. La Eucaristía es ese amor tenaz, valiente, arriesgado e incansable.

Me viene el rostro de un profesor que siempre está disponible, siempre dispuesto a ayudar, siempre contento y como si no le costaran los múltiples favores y servicios. Quiere muchísimo a los niños. Hace poco le ofrecieron trabajo en una empresa minera, en la que ganaría 600 $ al mes, bastante más de lo que gana en nuestra escuela, situada en un medio rural. Vino a contármelo y me dijo: “Yo no me puedo marchar, mi vida es la escuela, no quiero dejar a los niños. Me gusta mucho mi trabajo y creo que lo más importante que puedo hacer por nuestro país es educar”. “Re-cordando”, es decir, pasando por el corazón, vidas así, comprendo el sentido profundo de la Eucaristía, que es ser pan partido para los demás.

Pienso en una mamá que tiene 6 hijos. El pequeño, Héritier, tiene un problema neurológico. A veces llora horas y horas, no les deja dormir por la noche… no puede sostener la cabeza y su crecimiento es muy complicado. Pero su madre nunca tiene una palabra de rebelión contra Dios, sino todo lo contrario. La Adoración es un momento para pedir alivio para tantos corazones y tantos hogares, para tantos dolores y preocupaciones escondidas. La Eucaristía es una escuela de acción de gracias, para quien sabe, como decía mi fundadora Alberta Giménez, “ver más allá de la corteza de las cosas”.

A veces estamos orando y, como el Hospital está cerquísima de casa, se oyen los gritos de alegría cuando nace un niño o los lamentos de duelo cuando muere alguien… todo es oportunidad para orar y llevar a tanta gente junto a Jesús. Estar enfermo aquí no es fácil, con pocos medios y con la falta de las condiciones necesarias. La Eucaristía es una escuela de estar, de permanecer, de cercanía.

En la Adoración, también me gusta pedir por mi familia, nombrando a cada uno… estos días, de manera muy especial, a Martín, que el sábado pasado hizo su Primera Comunión. Es un gran jugador de fútbol y un monaguillo como pocos. La Primera Comunión que, ojalá sea la primera de muchas que vendrán… yo le decía el otro día que no se cansará nunca porque, como les sucedía a los niños de Narnia con Aslan (el león, imagen de Cristo) cuanto más mayor se haga, más grande verá a Jesús. Sin dejar por eso de sentirle cercano y de estar tan a gusto con Él. Y para eso, como dice mi hermano, hay que conservar siempre un corazón de niño. La Eucaristía es una escuela de amor.

La Adoración es el momento en que pasan por mi corazón, de un modo especial, todos mis amigos. Vivir lejos es experimentar que existe una comunión que no conoce fronteras. Es descubrir que, en la amistad, como alguien escribió una vez, puede haber comas, pero nunca un punto final. Es aprender a disfrutar de esa caja de tesoros que es el hondón del alma en donde se guardan tantas cosas bonitas, y es respetar las pausas y los silencios porque, en latitudes diferentes, el tiempo y los acontecimientos transcurren de forma distinta. Es aprender a esperar, a acoger y a estar siempre. La Eucaristía es el alimento de la amistad verdadera: “No hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.

La Adoración es expresión de paz, para nuestro pueblo, la República Democrática del Congo, y para tantas naciones de la tierra: Sudán del Sur, República Centroafricana, Camerún, Níger, Siria, Yemen, Colombia, Reino Unido, España… La Eucaristía es un taller de perdón, de saber ceder, de perder, de agacharse, de humillarse, de hacerse pequeño. Porque la paz o la guerra empiezan siempre en nuestro propio corazón.

La Adoración es un momento de dejar que Jesús, el Príncipe de la Paz, serene lo que ha removido el corazón y ha hecho tal y tal momento un poco difícil. La Madre Teresa de Calcuta decía que lo mejor que podemos hacer para sentirnos bien, para encontrar nuestro lugar, es adorar.

La Adoración es estar ahí, y reconocer desde lo profundo que Dios es, y que eso basta. Que nada puede borrar la Gloria de Dios. En palabras de San Ireneo, “la gloria de Dios es el hombre vivo, y la vida del hombre es la visión de Dios”. El Verbo se hizo carne. Desde entonces, como decía Ortega y Gasset, ser humano es lo más grande que se puede ser… las vidas de Sus pequeñitos son hermosas a los ojos de Jesús. Y Jesús se hizo Pan. Desde entonces, la Eucaristía es el alimento más precioso que podemos recibir.

En el corazón de nuestro pueblo late la esperanza

El señor que veis ahí, en la foto, va a vender carbón. La fabricación es un proceso que lleva varios días y que requiere mucho esfuerzo físico y sacrificios: cortar la leña, montar el horno, vigilar el fuego… con frecuencia, quienes fabrican carbón se quedan varios días en la selva hasta que está listo para meterlo en los sacos. Después, y esto lleva unos cuantos días más, cargan los sacos en sus bicicletas y, cargados como mulos, empujan las bicis desde nuestro poblado, Kanzenze, a la vecina ciudad de Kolwezi (56 km.) para vender cada saco a 3 €. Es decir, si miráis bien la foto, por toda esa carga, este señor recibirá unos 35 €.

Hace unos años, perdimos a un alumno de 3º Secundaria en nuestro Instituto de Kafakumba porque le explotó, literalmente, el corazón. Era el tiempo de vacaciones de verano, y trabajaba transportando carbón a grandes distancias para pagarse los estudios. Esos viajes empujando la bicicleta son agotadores: por el esfuerzo físico, por el calor, por la falta de una alimentación adecuada… la población no está dispuesta a seguir viviendo así.

Los políticos de la Oposición ya han abandonado las discusiones sobre el Acuerdo de San Silvestre del 31 de diciembre de 2016, que evitó que el país sucumbiera a un caos total, al final (teórico) del mandato del Presidente Kabila. Fue gracias a la Conferencia Episcopal Nacional del Congo (CENCO) aunque ahora el Presidente no se ahorre críticas, más o menos solapadas, contra ella, como en la reciente entrevista publicada por Der Spiegel. Él sigue en el poder desde entonces y poco, por no decir nada, se ha cumplido ni respetado. En la entrevista decía que él no había prometido nada, y es que no hay nada que prometer: la Constitución, votada por la inmensa mayoría de los congoleños, exige la alternancia en el poder. Nadie quiere una dictadura (menos los que viven del sistema a costa de los demás). Por eso ahora vuelve la presión. El pueblo tiene, literalmente, hambre. Hay más de 1.000.000 de desplazados. Ir a la escuela es un lujo, y curarse también. La moneda nacional se devalúa y el poder adquisitivo de la gente es cada vez menor. La Oposición pide elecciones. La comunidad internacional ha repartido sanciones a un círculo directamente ligado al presidente (ministros, el jefe de su Guardia y otros “allegados”) y la ONU ha pedido una investigación internacional sobre las matanzas de Kasai, las 40 fosas comunes (aunque se cree que hay muchas más) y el asesinato de sus dos expertos. Miles de presos se han escapado de distintas cárceles del país. El principal opositor, Moïse Katumbi, sigue haciendo presión para volver de un exilio forzado.

El abanico de posibilidades es amplio. Unos piensan que, ante la presión popular e internacional, el Presidente acabará marchándose. Entre ellos, hay quienes creen que Katumbi volverá y liderará la carrera hacia las elecciones de diciembre. Algunos analistas internacionales hablan del peligro de una guerra civil, como sucedió en 2013 (y continúa) en Sudán del Sur. Otros creen que la R.D.C. será una réplica de las dictaduras de otros países vecinos, como Ruanda o Zimbabwe.

Pero… en el corazón de nuestro pueblo late la esperanza. He aquí un signo: hoy, delante de mí, en Misa, había una joven mamá de 4 hijos. El marido la dejó. Ella trabaja en el Hospital y gana 52 € al mes. Con ese salario, y sus esfuerzos aquí y allá, todos sus hijos en edad escolar van al cole, y los lleva siempre muy limpios y aseados. Y ahorra dinero para que al menos puedan comer pollo una vez al mes. Dice que es un momento especial y que los niños disfrutan muchísimo. Y son muchos más los congoleños que dan la vida por los suyos y por los demás que los que actúan como sanguijuelas a costa de lo que sea, abandonando al pueblo a su suerte. En los avisos parroquiales, se ha hablado del robo de cable de cobre, porque cada dos por tres estamos sin luz. El Estado no cumple sus obligaciones, la población no es protegida… pero la gente se organiza, y hoy va un grupo de la parroquia a trabajar para arreglar el problema de la luz. Y todos van a contribuir con una pequeña aportación económica. En un reciente artículo publicado en Africa Times, Arnaud Gallet decía que en la R.D. del Congo la corrupción es endémica. No lo niego, pero la solidaridad también lo es. Como dice Xavier Aldekoa en Hijos del Nilo:

“Cuando no hay ley, cuando la policía no llega y el Estado se desentiende, es la propia comunidad la que te protege. Es el vecino quien vigila tu espalda, quien te ayuda a interpretar y a responder a las situaciones. Por eso es importante tejer una red de confianza allá donde vas. Cuanto más riesgo, mayor es la necesidad. Y, aunque parezca un milagro, en esas situaciones donde el desamparo es máximo, también aumenta la generosidad. En África, donde demasiadas sociedades sobreviven sin infraestructuras de Estado, la comunidad es el refugio y el salvavidas”.

Queremos la paz. Queremos un presente y un futuro mejor. Y lo que está en juego en la República Democrática del Congo es la dignidad de los hijos de Dios y una existencia verdaderamente humana para casi 80 millones de personas.

Enlace

¡Hola, amigos!

¿Cómo va todo?

Hoy estoy en la ciudad, en Kolwezi… un día diferente en medio del ajetreo del fin de curso. Y, de pronto, un encuentro de esos inesperados que alegran el corazón. Iba por la ciudad, y ha venido hacia mí corriendo John, para darme un inmenso abrazo. John cursa 3º de Primaria (aunque este año ha perdido el curso por enfermedad) y vive en un centro de acogida de menores, dirigido por el P. Damien, franciscano. Lo conozco de verlo por la ciudad, de contarnos cosas y hablar, y porque el año pasado los chicos del Centro y nuestros alumnos jugaron un partido de fútbol en Kanzenze y luego compartieron una sencilla comida, en medio de un ambiente muy sencillo y alegre (la foto es del año pasado, pero John ¡ha crecido muchísimo!). Nos hemos sentado un rato los dos a contarnos cómo nos van las cosas y luego le he invitado a unos buñuelos y a una Fanta, que es lo que le hacía ilusión.

El de hoy es un encuentro de esos que le recuerdan a una la belleza y el inmenso don de vivir aquí y de entregar la vida entera por Sus pequeñitos, a quienes Jesús se revela y a quienes muestra los “secretos” del Reino. Es eso que dice el Papa, que si sólo con nuestra vida hemos ayudado a una persona a vivir mejor, ya ha valido la pena. Encuentros que alegran el corazón y hacen más bonita la vida humana.

Y… cuando ya se iba, ha vuelto otra vez, para otro abrazo. Y se ha ido tan feliz.

Un corredor humanitario a pequeña escala

Salieron el viernes pasado de Boya, un poblado a unos 50 kilómetros de Tshimbulu, en la provincia de Kasai Central. Ahí la ONU encontró en el mes de marzo 15 de las ya 40 fosas comunes, consecuencia del conflicto de las milicias de Kamwina Nsapu que empezó en agosto de 2016. Conflicto que tiene lugar en un contexto político y social muy complejo, con responsabilidades de muchas partes implicadas que terminarán saliendo a la luz. Un genocidio silenciado. Una masacre que está pasando “desapercibida”. Huyeron durante dos días, a pie, atravesando la selva. No era la primera vez que pasaban varios días en la selva, pero esta vez se dijeron que ya no podían más, porque corrían demasiados riesgos. No se puede vivir con tanta tensión durante mucho tiempo. Esto se escribe muy rápido, pero se vive sorbo a sorbo: salir con lo puesto, dejar tu casa, correr con tus cuatro hijos de 16, 14, 12 y 10 años (son cinco, pero el mayor ha huido a otra localidad para poder presentar el Examen de Estado), sin comida, con el peligro de las serpientes y otros animales, con riesgo de violaciones y abusos… y luego… tu trabajo, la escuela de tus hijos, tus amigos, tu historia… Y a esto hay que añadir que cuando en los años 90 tuvo lugar en la República Democrática del Congo el conflicto Kasai-Katanga (hoy provincia de Lualaba y de Haut-Lomami), muchas de esas familias tuvieron que huir precipitadamente… muchos lo perdieron todo, otros fueron asesinados y otros murieron de hambre y de enfermedades por el camino. De los que sobrevivieron, muchos regresaron a su provincia de origen, Kasai, de donde ahora tienen que huir de nuevo. El cuerpo dolor de este pueblo es brutal. Desplazados. Siempre desplazados.

Llegaron de madrugada a Mbuyi Maji, con los pies hinchados y agotados por el cansancio. Al menos, allí encontraron a otros familiares que residen en esa localidad. Un poco repuestos y con el último dinero que les queda, han emprendido hoy el viaje a Lubumbashi. Tardarán más o menos una semana en llegar, si se tiene en cuenta el estado de las carreteras del país, el transporte caótico y todo lo demás que, cuando se ve en la realidad, supera a la ficción. Lubumbashi es la segunda ciudad del país, y allí piensan instalarse. Porque ahí hay mucha mezcla de gentes y de tribus. Pero… llegarán sin nada. Y aunque en la República Democrática del Congo siempre aparecen familiares, porque la familia es “extensa”, la gente es muy pobre y eso va a convertirse en una pura lucha por sobrevivir.

Recientemente, se publicaron unos datos de la ONU que decían que el nuestro es el país africano con más desplazados: 3,7 millones, de los cuales,1 millón proceden de la región de Kasai Central.

El otro día, alguien me escribía y me preguntaba de qué servía ayudar a “este niño” sin hay muchísimos más en las mismas condiciones. Pero en la vida se va uno a uno porque el amor, como dice el Papa Francisco, es “artesanal”. Porque, como decía una vez San Juan Pablo II en unas Jornadas Mundiales de la Juventud, no somos números de una masa anónima, sino que cada uno de nosotros es conocido y amado por Dios, aunque a veces no se dé cuenta de ello… o no lo sepa, o el dolor y las dificultades de la vida le empujen a olvidar esta profunda verdad.

¿Qué necesita esta familia de desplazados? Dinero para poder comprar una casa en un barrio sencillo de la ciudad y algo más que les permita arrancar en un primer momento y empezar una actividad para ganarse la vida. Los conocemos y les llegará. Eso está prometido. Ý podemos hacer el seguimiento, y enviar el informe narrativo y económico. Es una manera de hacer un corredor humanitario, a pequeña escala. Es un modo de crear puentes y abatir muros. Es un modo de convertir este mundo en un lugar mejor para todos.

Os dejo con un fragmento de una oración de Xavier Ilundain, que me ha llegado hoy. La he llevado todo el día en el corazón y aunque al principio la he rezado llorando, me ha llenado de paz y del consuelo de Jesús:

“Señor (…) África ha sufrido tanto (…) que ha decidido ir haciendo una pacificación muy honda en su corazón extenso (…) se les ve huir con los suyos, en procesiones de permanentes Viernes Santos, de las pugnas y combates del hombre contra el hombre (…) Señor, África hace al cielo y a los hombres una ofrenda abundante y maravillosa de hijos (…) Son pequeños nacidos y enseguida entrenados, para ser mensajeros de la paz: una paz en la que Tú, querido Señor, nos tendrás que cuidar y cuidar”. —————————————————————————————————

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