En el corazón de nuestro pueblo late la esperanza

El señor que veis ahí, en la foto, va a vender carbón. La fabricación es un proceso que lleva varios días y que requiere mucho esfuerzo físico y sacrificios: cortar la leña, montar el horno, vigilar el fuego… con frecuencia, quienes fabrican carbón se quedan varios días en la selva hasta que está listo para meterlo en los sacos. Después, y esto lleva unos cuantos días más, cargan los sacos en sus bicicletas y, cargados como mulos, empujan las bicis desde nuestro poblado, Kanzenze, a la vecina ciudad de Kolwezi (56 km.) para vender cada saco a 3 €. Es decir, si miráis bien la foto, por toda esa carga, este señor recibirá unos 35 €.

Hace unos años, perdimos a un alumno de 3º Secundaria en nuestro Instituto de Kafakumba porque le explotó, literalmente, el corazón. Era el tiempo de vacaciones de verano, y trabajaba transportando carbón a grandes distancias para pagarse los estudios. Esos viajes empujando la bicicleta son agotadores: por el esfuerzo físico, por el calor, por la falta de una alimentación adecuada… la población no está dispuesta a seguir viviendo así.

Los políticos de la Oposición ya han abandonado las discusiones sobre el Acuerdo de San Silvestre del 31 de diciembre de 2016, que evitó que el país sucumbiera a un caos total, al final (teórico) del mandato del Presidente Kabila. Fue gracias a la Conferencia Episcopal Nacional del Congo (CENCO) aunque ahora el Presidente no se ahorre críticas, más o menos solapadas, contra ella, como en la reciente entrevista publicada por Der Spiegel. Él sigue en el poder desde entonces y poco, por no decir nada, se ha cumplido ni respetado. En la entrevista decía que él no había prometido nada, y es que no hay nada que prometer: la Constitución, votada por la inmensa mayoría de los congoleños, exige la alternancia en el poder. Nadie quiere una dictadura (menos los que viven del sistema a costa de los demás). Por eso ahora vuelve la presión. El pueblo tiene, literalmente, hambre. Hay más de 1.000.000 de desplazados. Ir a la escuela es un lujo, y curarse también. La moneda nacional se devalúa y el poder adquisitivo de la gente es cada vez menor. La Oposición pide elecciones. La comunidad internacional ha repartido sanciones a un círculo directamente ligado al presidente (ministros, el jefe de su Guardia y otros “allegados”) y la ONU ha pedido una investigación internacional sobre las matanzas de Kasai, las 40 fosas comunes (aunque se cree que hay muchas más) y el asesinato de sus dos expertos. Miles de presos se han escapado de distintas cárceles del país. El principal opositor, Moïse Katumbi, sigue haciendo presión para volver de un exilio forzado.

El abanico de posibilidades es amplio. Unos piensan que, ante la presión popular e internacional, el Presidente acabará marchándose. Entre ellos, hay quienes creen que Katumbi volverá y liderará la carrera hacia las elecciones de diciembre. Algunos analistas internacionales hablan del peligro de una guerra civil, como sucedió en 2013 (y continúa) en Sudán del Sur. Otros creen que la R.D.C. será una réplica de las dictaduras de otros países vecinos, como Ruanda o Zimbabwe.

Pero… en el corazón de nuestro pueblo late la esperanza. He aquí un signo: hoy, delante de mí, en Misa, había una joven mamá de 4 hijos. El marido la dejó. Ella trabaja en el Hospital y gana 52 € al mes. Con ese salario, y sus esfuerzos aquí y allá, todos sus hijos en edad escolar van al cole, y los lleva siempre muy limpios y aseados. Y ahorra dinero para que al menos puedan comer pollo una vez al mes. Dice que es un momento especial y que los niños disfrutan muchísimo. Y son muchos más los congoleños que dan la vida por los suyos y por los demás que los que actúan como sanguijuelas a costa de lo que sea, abandonando al pueblo a su suerte. En los avisos parroquiales, se ha hablado del robo de cable de cobre, porque cada dos por tres estamos sin luz. El Estado no cumple sus obligaciones, la población no es protegida… pero la gente se organiza, y hoy va un grupo de la parroquia a trabajar para arreglar el problema de la luz. Y todos van a contribuir con una pequeña aportación económica. En un reciente artículo publicado en Africa Times, Arnaud Gallet decía que en la R.D. del Congo la corrupción es endémica. No lo niego, pero la solidaridad también lo es. Como dice Xavier Aldekoa en Hijos del Nilo:

“Cuando no hay ley, cuando la policía no llega y el Estado se desentiende, es la propia comunidad la que te protege. Es el vecino quien vigila tu espalda, quien te ayuda a interpretar y a responder a las situaciones. Por eso es importante tejer una red de confianza allá donde vas. Cuanto más riesgo, mayor es la necesidad. Y, aunque parezca un milagro, en esas situaciones donde el desamparo es máximo, también aumenta la generosidad. En África, donde demasiadas sociedades sobreviven sin infraestructuras de Estado, la comunidad es el refugio y el salvavidas”.

Queremos la paz. Queremos un presente y un futuro mejor. Y lo que está en juego en la República Democrática del Congo es la dignidad de los hijos de Dios y una existencia verdaderamente humana para casi 80 millones de personas.

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