DONALD TRUMP O “PUENTES, Y NO MUROS”

Me ha impresionado tanto la política de Donald Trump con respecto a los inmigrantes que he decidido compartir con vosotros algunos retazos de mi historia personal.

Soy española y, desde 2009, vivo en la República Democrática del Congo, en un pequeño poblado llamado Kanzenze, en Lualaba, provincia al sur del país. Mis padres son españoles, pero mi primer apellido es francés porque, aunque mi bisabuelo paterno nació en Italia, su familia tenía origen francés. Y eran oriundos de Bohemia. Nuestra tatarabuela era irlandesa. Recuerdo a papá cuando nos contaba que ella llegó a España con motivo de la persecución contra los católicos. Haciendo marcha atrás, parece que uno de nuestros antepasados tomó parte en la Revolución de Haití en favor de población negra en el s.XVIII.

Soy la pequeña de una familia de tres hermanos y dos hermanas. Mis padres pensaban que era bueno que aprendiéramos idiomas, así es que desde que tuvimos la edad de 11 o 12 años, empezaron a enviarnos a distintos países durante las vacaciones de verano. Recuerdo la primera vez en que mis tres hermanos fueron a Estados Unidos, para una estancia de dos meses. Iban a familias que no conocíamos. Yo tenía entonces 9 años, y recuerdo a papá hablándonos de los Estados Unidos. Nos dijo que eran una gran Nación porque habían acogido a todo el mundo. Papá nos contaba que durante la II Guerra Mundial habían acogido a muchos judíos y a otras personas que huían de Hitler. Esto no es el final de la historia. Uno de mis hermanos fue enviado a una familia americana procedente de la India. Era la primera vez que uno de nosotros iba a vivir en un contexto tan distinto… y recuerdo las palabras de mamá: tanto si son cristianos como si no… tanto si viven como nosotros como si no… sólo te pido una cosa, sé para ellos un hijo. Estuvieron muy contentos con mi hermano por lo que, algunos meses más tarde, fueron a Mallorca (donde vivíamos por aquel entonces) para visitarnos. Lo primero que me llamó la atención es que, al entrar en casa, se quitaron los zapatos. Tengo que confesar que mi idea de América se mezclaba con las hamburguesas, las películas y otros estereotipos, y que descubrí que uno podía ser americano – del mismo modo en que podemos ser seres humanos, de modos muy diversos.

Estudiando la Historia de América, pronto me percaté de que los Estados Unidos se han construido, en gran medida, gracias a millones de inmigrantes procedentes de diversos países. Como dijo el Presidente Kennedy:

“Creo en unos Estados Unidos donde la intolerancia religiosa termine algún día; donde se trate por igual a todos los hombres y a todas las iglesias; donde todos los hombres tengan el mismo derecho de asistir o no asistir a la iglesia de su elección; donde no haya un voto católico, ni un voto anticatólico, ni ningún bloque de voto de ninguna clase; y donde católicos, protestantes y judíos, tanto en el ámbito laico como en el pastoral, se abstengan de demostrar aquellas actitudes de desdén y división que con tanta frecuencia han obstaculizado sus obras en el pasado y, en cambio, promuevan el ideal estadounidense de hermandad”.

Por eso me entristece tanto hoy la política de Donald Trump.

Quisiera subrayar dos episodios de la historia americana. Durante la segregación racial, que es uno de los acontecimientos más tristes en la historia de la Nación, mucha gente cometió horrendos crímenes e injusticias. Pero muchos americanos lucharon por la libertad. Y donde vivo ahora, en la República Democrática del Congo, la política americana está fomentando en parte la explotación y la corrupción en el negocio de las minas… pero la otra cara de la moneda es que muchos otros están trabajando por un sistema más justo. Con estos dos ejemplos, y podría haber usado muchos otros, lo que quiero decir es que no soy pro-americana a ciegas. Pero no podemos olvidar lo que dijo el Papa Francisco en el Congreso de Estados Unidos en septiembre de 2015:

“En los últimos siglos, millones de personas han alcanzado esta tierra persiguiendo el sueño de poder construir su propio futuro en libertad. Nosotros, pertenecientes a este continente, no nos asustamos de los extranjeros, porque muchos de nosotros hace tiempo fuimos extranjeros. Les hablo como hijo de inmigrantes, como muchos de ustedes que son descendientes de inmigrantes (…) Debemos elegir la posibilidad de vivir ahora en el mundo más justo y noble posible, mientras formamos a las nuevas generaciones, con una educación que no puede dar nunca la espalda a los “vecinos”, a todo lo que nos rodea. Construir una nación nos lleva a pensarnos siempre en relación con otros, saliendo de la lógica de enemigo para pasar a la lógica de la recíproca subsidiariedad, dando lo mejor de nosotros”.

Durante una de mis estancias en Irlanda, tuve la suerte de vivir con una señora mayor que era hija de uno de aquellos que capitanearon el movimiento de independencia de Irlanda tras el Levantamiento de Pascua de 1916. Si habéis visto la película El viento que agita la cebada, os podéis hacer una idea de los doloroso del proceso. Recuerdo una noche, alrededor del fuego, tomando una taza de té. Estábamos hablando de una reciente visita que habíamos hecho juntas a distintos lugares históricos, en particular a la cárcel donde fueron ejecutados los rebeldes y también a algunas colinas donde fueron asesinados. De pronto, empezó a hablarme de sus nietos, y yo pensé que, simplemente, quería cambiar de tema. En lugar de eso, lo que me dijo es que estaba agradecida a Gran Bretaña por lo que le estaba dando a sus nietos. Durante los difíciles años de la crisis económica en Irlanda, algunos de ellos habían abandonado el país en busca de una vida mejor. Y al final de todo, me ofreció su conclusión: “No podemos vivir con miedo ni odio en el corazón, tenemos que ser capaces de vivir juntos en este mundo”.

Creo que Donald Trump debería reflexionar acerca de la Historia de América, de su presente y de su futuro. Como está escrito en la Declaración de Independencia (4 de julio de 1776):

“todos los hombres son creados iguales (…) han sido dotados por el Creador de ciertos derechos inalienables (…) entre éstos está la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

Espero que lo haga antes de que sea demasiado tarde.


I am so deeply impressed by Donald Trump’s policy concerning immigrants that I have decided to share with you some pieces of my personal history.

I am Spanish, and I live in the Democratic Republic of Congo since 2009, in a small village called Kanzenze, in the Southern province of Lualaba. My parents are both Spanish, but my middle name is French because although my great-grandfather was born in Italy, his family was from France. And they had Bohemian origins. Our great-great-grandmother was Irish. I remember my Dad telling us that she arrived in Spain because of the persecution against Catholics. Taking a step back, it seems that one of our ancestors took part in the Haitian revolution in favor of black people in the 18th century.

I am the youngest in a family of three brothers and two sisters. My parents thought that it was good for us to learn languages, so since we were eleven or twelve they would send us to different countries during the summer holidays. I remember when my three brothers went to the US for the first time, for a two-months stay. They were sent to families we did not know. I was 9-years-old, and I remember my Dad talking us about the Unites States. He told us that they were a great Nation because they had welcomed everybody. Dad told us that during II World War, they had taken in many Jewish people and many others running away from Hitler. This is not the end of the story. One of my brothers was sent to an American family from Indian origin. It was the very first time one of us was going to live in such a different context… and I remember my Mum’s words: whether they are Christian or not, whether they live like we do or not… I only ask you one thing, which is to be for them a son. They were really happy with my brother so, some months later, they came to Majorca (where we were living at the moment) to visit us. The first thing that surprised us is that, when entering home, they took off their shoes. I have to confess that I thought of America mixed with hamburgers, films and other commonplaces, and that I discovered that you could be American – as we can be human beings, in many different ways.

When studying the American History, I soon realized that the United States have been built, to a great extent, thanks to millions of immigrants coming from different places. As President Kennedy said:

“I believe in an America where religious intolerance will someday end, where all men and all churches are treated as equals, where every man has the same right to attend or not attend the church of his choice, where there is no Catholic vote, no-anti-Catholic vote, no bloc voting of any kind, and where Catholics, Protestants and Jews, at both the lay and the pastoral levels, will refrain from those attitudes of disdain and division which have so often marred their works in the past, and promote instead the American ideal of brotherhood”.

This is why I am so sad today when I learn about Donald Trump’s policy.

I would like to underline two facts from American history. During the racial segregation, which is one of the saddest episodes in the history of the Nation, many people committed huge crimes and injustices. But many Americans fought in favor of freedom. And where I am living in now, American policy involved in the mining business in the Democratic Republic of Congo is partly encouraging exploitation and corruption… but, on the other side of the coin, many others are working for a fairer system. With these two examples, and I could have used many others, I want to say that I am not pro-American in a blind way. But we cannot forget what Pope Francis said to the American Congress in September 2015:

“In recent centuries, millions of people came to this land to pursue their dream of building a future in freedom. We, the people of this continent, are not fearful of foreigners, because most of us were once foreigners. I say this to you as the son of immigrants, knowing that so many of you are also descended from immigrants (…) We must resolve now to live as nobly and as justly as possible, as we educate new generations not to turn their back on our ‘neighbors’ and everything around us. Building a nation calls us to recognize that we must constantly relate to others, rejecting a mindset of hostility in order to adopt one of reciprocal subsidiarity, in a constant effort to do our best”.

During one of my stays in Ireland, I had the chance to stay with an old lady who was daughter of one of those who led the Irish independence movement after the Easter Rising in 1916. If you have seen the film The Wind that Shakes the Barley you can make yourself an idea of the painfulness of that process. I remember one night, around the fire, with a cup of tea, we were talking about a recent visit we had made together to visit the different places concerning history, specially the jail were the rebels were executed and also some hills where they were killed. Suddenly, she began to talk about her grandchildren, and I thought she just wanted to change subject. Instead, she told me that she was grateful for the possibilities that Great Britain was giving to her grandchildren. During the difficult years of the economic Irish crisis, some of them had left the country in search for a better life. And after all, she offered me her conclusion: “We can’t live with fear or hate in our hearts, we must be able to live together in this world”.

I think that Donald Trump should better reflect on American History, on its present and future. As it is stated in the Declaration of Independence (4th July 1776):

“all men are created equal (…) they are endowed by their Creator with certain unalienable rights (…) among these are life, liberty and the pursuit of happiness”.

 I hope so before it is too late.

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