Maurice Blondel y una viejecita

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Eucaristía a las 17h 30 en la Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús en Kanzenze. He llegado después de un día intenso de escuela (¡mi primera clase del nuevo curso! He disfrutado), reunión de padres de becarios por la tarde, algunas preocupaciones… el día a día de nuestra misión, con sus pequeñas cosas, sus gozos y sus sombras.

Delante de mí había una señora mayor, viejecita. Un poco chepada, las manos deformadas, vestida muy pobre y con un bastón de palo de madera. Y… no olía muy bien. En estos días hace bastante calor (35º a la sombra), la gente tiene que ir a buscar el agua al río y una persona como ella lo tiene muy difícil, con lo cual se economiza el agua para lo más imprescindible.

Ha empezado la Eucaristía y yo no podía dejar de fijarme en ella. Ella era como la mujer del evangelio que busca la moneda o, mejor, como la que echó en el cepillo del templo todo lo que tenía para vivir. Seguía la Misa con tanta devoción, con tanto recogimiento… que yo he sentido que Dios me estaba haciendo el regalo de vivir la Eucaristía a través de su corazón. Al ir a comulgar, y al volver, se oía el “clac, clac” de su bastón y yo miraba sus pasos torpes e indecisos, pensando en lo a gusto que debe sentirse Dios en un corazón así. Mi padre solía decirnos cuando éramos pequeños que el Espíritu Santo se siente muy a gusto en el corazón de las personas que sufren alguna discapacidad. A pesar de su cuerpo ya bastante deforme, ha juntado sus manos y se ha puesto de rodillas, en esa oración silente en la que cada cual sigue la conversación en la intimidad con Dios.

En el poblado existen ancianas que viven solas. Es verdad que, en nuestra cultura africana, los ancianos son respetados, pero no siempre. A veces se quedan solos, se les deja de lado por la enfermedad, se les acusa de brujería… y la miseria que hace de la vida una batalla por sobrevivir empuja a veces a vivir la ley del más fuerte. Sentía, imaginaba, el abandono y la soledad que tiene que vivir a veces esta viejecita. Tan pobre de todo. Tan pobre de todo, pero tan llena de Dios. Le falta de todo pero no le faltaba nada, porque llevaba al Señor, porque lleva al Señor.

¡Qué distinto sería nuestro país, cuya paz está pendiente de un hilo si nuestros gobernantes aprendieran un poco más de esta viejecita! Nuestros dirigentes están agarrados al poder, y no sabemos aún a qué puerto nos va a llevar el famoso “diálogo” empezado en septiembre. De momento se ha retirado la Oposición y la CENCO (Conferencia Episcopal de los Obispos del Congo) no deja de mostrar su preocupación, ya que piden que verdaderamente se favorezcan las Presidenciales para diciembre del 2016. El Presidente, como en muchos otros países africanos, no puede ir a un tercer mandato, y no le queda ningún margen… pero a lo largo de estos meses, cada día oímos una cosa: que si el censo, que si cambiar la Constitución… que si… que si… Mientras tanto, presos políticos, falta de libertad de expresión, entrada de militares de los países vecinos… Como aquí la gente es muy aguda, tiene mucho sentido del humor y además es naturalmente espiritual, hay un dicho popular: “El Presidente tiene de todo, pero no puede dormir como los pobres” (en el sentido de que no tiene paz, siempre con miedo a que lo maten, con escolta por todas partes, cambiando de casa…).

Cuando mi hermana hizo la Primera Comunión, recuerdo que en el cole le regalaron una estampa preciosa que decía: “Dame, Señor, un corazón de niño”. Me gustaba mucho la imagen, de un niño sonriente y pacífico, y la oración. Hoy, recordando la estampa y sintiendo todo lo que sentía, le he pedido a Dios: “Dame, Señor, un corazón como el de esta viejecita”. Le he pedido a Dios que me enseñe ese “olvido de sí” en el que tantas veces los pobres son nuestros mejores maestros.

Recuerdo que, en mis años de estudio en la Universidad Gregoriana, vivía un gran contraste. Por las mañanas, entraba por una escalinata en aquel antiguo e imponente edificio, para escuchar unas clases, por lo general, maravillosas. Filosofía de la Ciencia, Historia de la Iglesia, Sagrada Escritura… con unos profesores magníficos y muy preparados. Pero hay tres de los que me acuerdo de un modo especial:

– El P. Carlo Huber, entonces Decano de Filosofía, que en su primera clase nos habló de la sabiduría de San José y de lo que de verdad cuenta en la vida.

– El P. Gilbert, que combinaba las lecciones de Ontología con su trabajo con discapacitados profundos.

– El P. Leclerc, que al tiempo que nos explicaba la Filosofía Moderna nos introducía en una asociación llamada Ayuda al Cuarto Mundo. Si la filosofía de Blondel, de la que él era entusiasta, se basaba en el universal concreto, el quid estaba en hacernos ver que ese universal concreto es el más pobre, a quien hay que poner siempre en el centro.

Cuando volvía a casa, me encontraba con otra realidad. Además de ayudar en las tareas domésticas normales y de la Residencia de estudiantes, era la encargada de ayudar a cuidar de una hermana mayor que había perdido la cabeza y a la que había que hacerle absolutamente todo. No sé si aprendí más en las aulas o con aquella hermana y con otra más mayor que la cuidaba siempre y la acompañaba. O quizás de lo que más aprendí fue de la simbiosis y conexión de esos dos mundos.

Así que cuando en mi vida todo se junta: la vida sencilla de nuestra Comunidad, dar clase a los alumnos de 1º, dirigir la Escuela, llevar proyectos de cooperación al desarrollo, profundizar en la Historia de África, ir conociendo mejor la lengua local… pienso que es un don. ¿Por qué estás ahí? ¿Qué haces ahí, en ese pequeño poblado? Quizás tu vida sería más útil de otro modo… sí, a veces me lo han dicho… pero, lo que estoy haciendo, es recibir el regalo inmenso de aprender cada día a vivir, como esa viejecita de la Eucaristía de hoy. Y me gusta experimentar lo que dice el Papa Francisco, que si ayudamos a una sola persona nuestra vida no habrá sido vana. Y que estoy aquí porque Dios quiere.

Hace poco me llegó por whatsapp una preciosa canción de Lilly Goodman. Os dejo con parte de la letra, a modo de oración, de deseo, de esperanza… A mí me hace sentir, como un eco, la fuerza imparable de la Resurrección de Jesús, que pone siempre nuestro mundo del revés.

Y aprendí que en la vida todo tiene un sentido,

Y descubrí que todo obra para bien

(…)

Y aprendí que lo que pasa bajo el cielo,

Conoces tú que todo tiene una razón,

Y que al final será mucho mejor lo que vendrá…

(…)

Y todo bien saldrá,

Siempre has estado aquí,

Tu palabra no ha fallado,

Y nunca me has dejado,

Descansa mi confianza sobre Ti…

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