Cuidar la fragilidad

¡Hola!

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El otro día, entre mis lecturas de verano, no os hablé de otro pequeño libro que he leído, Sendino se muere, también de Pablo d’Ors. Impresionante testimonio de la doctora África Sendino en la última etapa de su vida. Un testimonio de santidad, un tesoro de fe, una joya de amor a Jesús y a los enfermos que brilla con la luz de Dios. El libro es eso, un tesoro, que me leí en una tarde pero que quiero leer de nuevo y releer varias veces. Hay un párrafo que me gusta especialmente:

“Ha transcurrido ya bastante tiempo desde que no veo en el enfermo simplemente al pobre hombre o a la pobre mujer a quien hay que consolar. En cada enfermo descubro más bien la ‘enfermabilidad’ que caracteriza a la condición humana y, en ella, mi propio futuro de enfermo y moribundo. Sí, también yo caeré enfermo algún día, también yo me moriré. El enfermo al que visito y ante quien estoy, por tanto, no es otro: soy yo. Como yo me comporte con él, así se comportarán conmigo. Todos los enfermos ponen ante mí un espejo, de modo que en su rostro veo el mío”.

En este tiempo en España, Dios me ha hecho el regalo de compartir algunos momentos con personas a las que quiero mucho y que están viviendo la enfermedad. Y me han hecho volver a ese párrafo una y otra vez, y a la experiencia de sentirme y necesitar sentirme en las manos de Dios. Como oraba bellamente el P. Arrupe al final de su vida y que expresó en lo que leyó el 3 de septiembre de 1983, en su renuncia como General de la Compañía:

“Yo me siento más que nunca en las manos de Dios. Es lo que he deseado toda mi vida, desde joven. Y eso es también lo único que sigo queriendo ahora. Pero con una diferencia: hoy toda la iniciativa la tiene el Señor. Les aseguro que saberme y sentirme totalmente en sus manos es una profunda experiencia.”

Ahora, a punto de cerrar mi etapa en Mallorca (me marcho mañana) voy a pasar unos días en Madrid para regresar al Congo, si Dios quiere, el 25 de agosto. Todo ha sido un regalo. Y siento que es un regalo muy grande poder volver a África, a ese pequeño poblado llamado Kanzenze, en el que vivo y que me acoge desde hace siete años. A acoger la fragilidad, la vulnerabilidad, a amar las “periferias”, a cuidar con ternura lo que Dios me confía, a abrazar la vida que brota y rebrota en cada instante. Rodeada de gente pero, sobre todo, de niños y jóvenes (porque trabajo en una Escuela), vuelvo con el deseo de amar más y mejor, de acompañar los sueños de todos esos chavales, de compartir nuestro día a día. Como reza el Papa Francisco en la Encíclica Laudato Si’:

Dios de los pobres,
ayúdanos a rescatar
a los abandonados y olvidados de esta tierra
que tanto valen a tus ojos”.

978849241658

Un abrazo grande y mi oración,

ushindi

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