Tres en la carretera

¡Hola, amigos!

¿Cómo estáis?

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Hoy quiero compartir con vosotros una hermosa experiencia (experiencias “bisagra”, como las llama mi amiga Rosi). Estoy un poco cansada, pero quiero escribir algo muy bonito que no quiero guardarme para mí… aunque yo lo quiero meditar muchas veces en mi corazón, y no sé cómo agradecérselo a Dios…

En principio, era el día de mi regreso a Kanzenze, después de unos días de asuntos varios como os conté en mi último post. Pero Dios siempre nos sorprende con Sus planes, con Sus sorpresas… es el Dios del “asombro”.

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A las 8 h de la mañana, ya estábamos a punto para salir hacia Kanzenze… 456 km que, si todo va bien, hacemos en unas 6 horas. Ha venido M. Lucien, el ingeniero electricista, con la camioneta que habíamos alquilado (y que conducía M.Gustave), para cargar el material escolar, y también el material del proyecto Musix Box (financiado por Africa Directo) y Reporter Kit (financiado por La Caixa). Entre unas cosas y otras, hemos salido a las 10 h de Lubumbashi. A la altura del kilómetro 53, el coche ha empezado a mostrar signos de calentarse, humo… y nos hemos tenido que bajar. A partir de ese momento, un trajín de idas y venidas… que si el agua, que si el motor, que si un mecánico, que si tal pieza… hemos salido de allí a las 18:45 h… y al poco nos hemos vuelto a quedar tirados en la carretera. Al final, hemos llegado a las 20 h a Lubumbashi, y mañana, si Dios quiere, emprendemos el viaje de nuevo a las 8 h de la mañana, con otra furgoneta (la de hoy pasará toda la noche en casa porque va dentro el material y no la podíamos dejar en el depósito).

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Y… ¿dónde está el Dios del asombro? Pues… en el don precioso que me ha regalado. En el kilómetro 53, donde hemos tenido la avería, hay unas casitas. Es un lugar muy, muy, muy pobre, y hay ahí una especie de asentamiento, casi en los márgenes de la carretera. Viven algunas familias en casas hechas de adobe (ni siquiera de ladrillo), con cañas de bambú… sin luz y sin agua (que van a buscar al punto más cercano, a 2 km., cargando bidones de 20 litros sobre sus cabezas). Un paisaje un poco “lunar”, de pura sabana árida, con mucho polvo… Al llegar, la gente enseguida se ha interesado por nosotros. Los niños estaban emocionados con la novedad, y una niña pequeñita ha traído unas sillas de plástico. Hablando con los niños, jugando con ellos…

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En una familia estaban a cargo de Regine, que ha hecho hasta 4º de Primaria y tiene 12 años. Los demás todos más pequeños que ella: Vicky (de 11 años), Dorcas (de 7 años), Suzanna (de 2 años) y Jef (de 6 meses). Su papá (Papá Elie) en el trabajo y la mamá en el campo.

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Sobre las 13 h ha llegado Mamá Mado, con sus otros hijos. El mayor, Georges (que tiene 14 años y ha hecho hasta 6º de Primaria), Etienne (de 9 años) y Tutu (de 5 años). Venían cargados de sacos de carbón, de vuelta del campo. Nada más llegar, en cuanto la mamá nos ha visto, todos han dejado sus sacos y su primera preocupación era saber cómo estábamos, si los niños nos habían acogido bien… Me ha preguntado qué nos había pasado y me ha dicho: “Hermana, si no pueden salir, es porque Dios no quiere. Él siempre sabe más. El lo hace todo”. Hemos compartido de la jornada, de los niños… ella alegre, con una sonrisa preciosa, sin preocuparse de nada suyo… impresionante. Al cabo de un rato, me ha llamado a la casita y me ha invitado a pasar. Desde que hemos llegado al kilómetro 53, no había visto a nadie comer (tampoco después… uno de tantos hogares en los que sólo se come una vez al día). Pero al entrar, me han puesto la silla de plástico y un buen plato de mandioca hervida y una jarrita de agua con una taza. Me dice: “Hermana, es todo lo que tenemos”… Yo tenía sed (pero me he hecho la despistada porque el agua se veía muy turbia) pero sí he cogido la mandioca hervida, y la mamá estaba feliz. Feliz de verme compartir de lo suyo, en familia.

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Estábamos ahí, en su casita, hablando… me ha contado que es de Zambia. Llegó hace 8 años con su familia (es una mujer muy joven, ¡y muy guapa!)… caminando, como pudieron… al llegar a Lubumbashi, en busca de trabajo y de un lugar para vivir, el padre falleció. La muerte del cabeza de familia suele ser, además de doloroso, tremendo desde el punto de vista de la pobreza. Conoció después a su marido. Se instalaron en las afueras de Lubumbashi, donde viven ahora, para que la vida, aunque muy dura, les resultara más barata. Fabrican carbón, venden leña, cultivan lo que pueden… sobreviven y quieren ir guardando algo para poder instalarse en las periferias de la ciudad (una especie de bidonvilles) y llevar a sus hijos al cole. De los chicos, Georges y Tutu quieren ser chóferes mecánicos; Etienne quiere ser piloto; Regine, Dorcas y Suzanna quieren montar un taller de costura y Vicky sueña con ser maestra… Jef es todavía muy chiquitín. Este año no van al cole, están ahorrando para poder pagar la entrada de la casa (50 $) e instalarse en Lubumbashi en septiembre. La mamá me decía muy orgullosa que sus hijos le ayudan mucho… el mayor, por ejemplo, se va al bosque y le trae haces de leña para que los venda en la ciudad, a donde va de vez en cuando para conseguir algo de dinero.

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Me decía que el sueño de su esposo y el suyo es darles una buena educación a sus hijos… También me ha contado que ella no sabe leer ni escribir, pero que va a empezar alfabetización en los locales de la parroquia con un grupito de mamás, y que luego les van a enseñar a coser a máquina. Ella quiere aprender, y su marido la anima. Me ha contado que su marido es muy bueno y que la quiere mucho, que llevan 14 años casados y que, aunque son muy pobres, no les falta el amor ni la fe, y que eso es lo más importante. Que la riqueza más grande son sus hijos, y que esos hijos han sido cada uno un regalo de Dios.

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Esta familia me ha brindado su amistad. Me ha ofrecido todo lo que tenían, me han abierto su hogar, su casa, su tiempo… estaban alegres de acogerme y de tenerme entre los suyos. Hace pocos días, me regalaron un pequeño tratado titulado “De la amistad espiritual”. Es el primer tratado (s.XI) sobre la amistad… lo he estado leyendo estos días, porque siempre he sentido esa llamada profunda al apostolado de la amistad, al “uno a uno”… mis amigos forman parte de mi camino hacia Dios. Dios es un misterio de amistad, en Sí mismo y hacia nosotros. Me brindaban su amistad como sólo la saben brindar los pobres que no esperan nada a cambio, que no reprochan nada, que no exigen nada, con alegría de corazón. Una se siente abrazada tal cual es.

No me han pedido nada, no querían nada, sólo amar, acoger, compartir… Me ha preguntado por mañana, porque como ha visto que me gustaba mucho el mandioca, quiere que me lleve un cubo y quería preparármelo… y ellos hoy ni siquiera han comido… y quería que si caía la noche, pudiéramos dormir en su casa. Pero, en éstas… ¡la camioneta se ha puesto por fin en marcha! Mamá Mado me ha pedido el número de teléfono (ella no tiene, pero su esposo sí), somos amigas. Somos una familia.

Son esos momentos que llenan el corazón de la alegría profunda de pertenecer a Jesús y de haberle dado todo… son esos momentos en que se confirma Su llamada a vivir entre los más pequeños, a ser para ellos, a ser para todos pero con esa amor preferencial por Sus preferidos… son esos momentos en los que una más siente que Dios me trajo aquí para que los más pobres me evangelicen el corazón… son esos momentos en los que una entiende el único “lugar”, el único “puesto” en el que podemos ser felices de verdad… Me venía una y otra vez ese pensamiento de Carlos de Foucauld:

¿Quieres la paz? Busca el último puesto
¿Quieres la humildad? Busca el último puesto
¿Quieres el amor? Busca el último puesto
¿Quieres encontrar a Jesús? Busca el último puesto

Ese “pequeño lugar-último lugar” nadie lo lucha… a veces no lo deseamos… pero ahí está todo: la paz, la humildad, el amor… JESÚS. Hay una felicidad escondida, pero verdadera, en ese amor que se da sin esperar recompensa, que es gratis, que no busca ser correspondido…Es una felicidad serena, profunda, estable… una alegría que no hace ruido… Y yo añado que hay cosas que de mi corazón, de mi vida, de la llamada de Dios para mí que entiende mejor que nadie el corazón africano. Como me decía una amiga en uno de los actos de la 57 Campaña de Manos Unidas, oyendo hablar a un sacerdote africano sobre el sentido de mi vida misionera en R.D.Congo, “los blancos de muchas cosas ni nos enteramos”. Ellos me han abrazado hoy sin palabras.

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Poco antes de marcharnos, he entrado en la casita (la mamá había entrado hacía unos minutos) como quien pisa tierra sagrada, preguntando por la mamá. Y le he dado lo que llevaba encima en ese momento… Se lo he pedido sintiendo esa reverencia interior como quien está ante el Misterio, ante la zarza ardiente… era yo la mendiga de amor. La mamá me lo ha agradecido tanto… y entonces, ha llamado a todos sus hijos, y les ha dicho que íbamos a rezar juntos. Y le hemos rezado un Avemaría a la Virgen. Y la mamá me ha dado su bendición, que creo que es la más bella que he recibido en toda mi vida.

Decía el Evangelio de hoy que muchos primeros serán últimos y muchos últimos, primeros (Mc.10, 28-31). Tal cual… lo que esta familia vive es el Evangelio en estado puro, es la santidad de lo pequeño, de lo sencillo, de la vida cotidiana, del instante…

Hay veces en las que una escribe como si estuviera rezando… y hoy es una de ellas.

Un abrazo grande,

ushindi

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