La vida es un regalo

(Lo escribí ayer, pero lo envío hoy, 12 de mayo, porque nuestra cobertura de Internet va a trancas y barrancas)

Mañana es mi cumpleaños. Y… ¡hoy ya me ha llegado alguna que otra felicitación por adelantado! De las más bonitas, la de un alumno de 3º, huérfano de padre, y acogido por su familia paterna. Ha venido todo contento para decirme: “Hermana, ¡mañana es nuestro cumpleaños!”; así, subrayando el “nuestro” como con mucho cariño e ilusión. África es siempre así, tan humana, tan cercana, tan concreta, tan sencilla… África es un auténtico regalo de Dios.

En realidad, toda la vida es un regalo. En casa, nos gusta mirar las fotos de cuando éramos pequeños, como tesoros de todo lo que hemos vivido y compartido juntos. Y recordar tantas cosas bonitas… es precioso mirar el paso de Dios por la vida de una. Cuando miras la propia vida sin Su paso, puedes ver muchos estropicios, errores, atropellos, caídas… pero cuando la miras desde los ojos de Dios, nuestra vida es una historia de Misericordia. Un regalo del cielo para volver a Él en la individuación de lo que somos. Nos lo dijo Juan Pablo II: “considerar la vida como un don es descubrirla en toda su bondad”.

En esta semana, y en el día de hoy, Dios me ha hecho muchos regalos preciosos. Estamos con mucho trabajo, con preocupaciones… y es un regalo precioso ese impulso del Espíritu que nos anima a salir al encuentro de los otros. Es lo que decía aquella oración de la Madre Teresa: “cuando esté triste, envíame a alguien a quien amar”… cuando estoy triste, o cansada, o preocupada, o hasta las orejas de tarea, o con tal asunto en el corazón… Lo bonito es ir descubriendo que nuestra vida es puro don. Existe una verdadera bendición en esas misteriosas palabras de Jesús en el Evangelio: “… y serás feliz porque no te pueden corresponder” (Lc.14, 13). Ya no me pertenezco, pertenezco a Dios y soy para todos. Y eso encuentra un eco muy profundo en las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy: “y por causa de ellos me consagro a mí mismo…”. Lo decía también Madre Alberta, la fundadora de nuestra Congregación: “labraremos nuestra felicidad a medida que labremos la de los demás”.

Hoy he pasado el día en el Hospital (aunque mi trabajo habitual es en la Escuela). Me ha impresionado mucho ver a tantos enfermos tan pobres de todo y casi sin nada; tantas personas que carecen de lo mínimo; tanta gente que no puede leer una receta porque nunca aprendió a leer ni escribir; la conversación angustiada de quien, por la subida del precio del saco de harina, no sabe cómo comerá esta semana…; a veces, se me llenan los ojos de lágrimas ante tanta injusticia, ante tanta miseria, ante el drama cotidiano de muchas personas cuya existencia es una pura lucha por sobrevivir…; pero igual o más, me ha impresionado la gente, nuestros trabajadores que, en su sencillez, llevan la obra adelante… y en ese compartir sencillo en el que cada uno aportamos lo que tenemos, el corazón reencuentra la paz y la alegría, y nos acompañamos los unos a los otros en el camino.

Otro regalo inmenso es la Liturgia de cada día. Muchas veces llego a la Eucaristía con sed, o con una inquietud, o con un deseo de poner la jornada en Sus manos… y ahí me espera Dios con el gesto y la palabra adecuados, o con Su silencio que todo lo llena; en la Liturgia de las Horas, nos pone los salmos para que podamos expresarle lo que llevamos en el corazón, o el grito de nuestros hermanos que clama desde el fondo de nuestro interior; en la Confesión, cuando nos acercamos deseosos de Su perdón, nos da mucho más de lo que podemos pedir o imaginar. Dice una amiga mía que el tesoro más grande que tenemos son los Sacramentos, y la Adoración. Y es verdad (otro regalo, los amigos que nos acercan a Dios…). Y la ternura de María… durante mucho tiempo, no me ha gustado demasiado rezar el Rosario y, sin embargo, ahora es para mí un tesoro… con esas palabras tan sencillas yo puedo confiarme poco a poco, día a día, una y otra vez, a los brazos de María (la “Mater entre costuras”, como la bautizó uno de mis hermanos).

Es bonito ese amor que nos pone Jesús en el corazón y por el que una puede llegar a casa y animar la cena con alguna broma… y terminar la sobremesa riendo a pesar de tantas cosas que a lo largo de la jornada no han sido fáciles; es bonito ver cómo el Padre nos van dando “el pan de cada día”. Así ha sucedido hoy en pequeña comunidad de cuatro hermanas: una hermana nicaragüense, dos hermanas congoleñas y yo (aunque ahora falta una). Verdaderamente, como decía Madeleine Delbrêl, “quien no toma en sus manos el librito del Evangelio con la resolución de un hombre con una sola esperanza, no puede ni descifrarlo ni recibir su mensaje”. Es un ejercicio, un salto, un paso, que no se hace de una vez por todas. Como decía Santa Teresa del Niño Jesús, hay que poner, una y otra vez, el piececillo en el primer peldaño de la escalera… del resto, es decir, de hacernos subir, se ocupa Dios, que nos toma en Sus brazos y nos cuida con ternura. Sólo pide de nosotros ese gesto confiado, y el agradecimiento… Etty Hillesum tiene al respecto dos pensamientos que me ayudan mucho:

“Desde el momento en que me he mostrado dispuesta a afrontarlas, las pruebas siempre se han transformado en belleza”.

“Las alambradas sólo son una cuestión de punto de vista” (lo decía desde el campo de concentración de Westerbock).

Sigo orando todos los días, nada más levantarme, esa oración tan bonita de Madeleine Delbrêl (otra vez) que os escribí el otro día en un post. Y, otro regalo, mi amigo el P. Diego Fares la ha incluido en su última entrada: “Razonar como quien danza” (https://diegojavier.wordpress.com/2016/05/07/razonar-como-quien-danza-asencsion-c-2016/).

Quiero vivir toda mi vida así, como una danza… y, si puedo pedirle a Dios un regalo “personal”, es éste: que el Espíritu Santo esté dentro de mí, que viva dentro de mí, que me guíe, que se sienta a gusto, como “en zapatillas de andar por casa”, que sea el huésped de mi corazón…

¡Ah! Os recomiendo un libro precioso titulado “La libertad interior”, de Jacques Philippe (Ed. Rialp). A mí me está ayudando mucho para profundizar en ese deseo de vivir en un abandono alegre y confiado. También es bonito, y es otro regalo, experimentar como Dios, en cada momento, nos da lo que nos conviene, y que nos acompaña y nunca nos deja, ni se cansa de nuestras cosas… porque nos quiere como un Padre.

Un beso enorme,

Victoria

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