POEMA TRIDUO PASCUAL KANZENZE 2015

Jueves Santo

Es la celebración de la Cena del Señor.

Cada gesto, cada Palabra,

Su oración por los Suyos,

Por nosotros.

La terrible experiencia del mal

Que le circunda,

Y las tinieblas del Príncipe de este mundo.

Después de cenar,

El Huerto.

Ese espacio inimaginable

De sufrimiento y dolor

En el que Jesús, como nosotros tantas veces,

Anticipa y vive ya

Lo que se le viene encima.

A partir de ese momento,

Un interminable recorrido

De idas y venidas:

Del Huerto, con los soldados

Y el amigo que lo traicionó,

A la casa del Sumo Sacerdote.

En el camino,

Las negaciones de Pedro

Y la mirada de Jesús,

Las burlas,

Las injurias,

Los golpes

Y las bofetadas.

A la mañana siguiente

A casa de Pilato.

De Pilato a Herodes,

Y de Herodes, nuevamente,

A Pilato.

Hace algo más de treinta años,

Como Te contaron María y José,

Cuando Tú eras aún muy pequeño,

Tuvisteis que huir de noche.

Herodes buscaba Tu vida para matarTe

A Ti, el Señor de la Vida,

El Verbo hecho Carne

Que por nosotros

Y por nuestra salvación

Bajó del cielo.

Tus padres,

Ateridos y muertos de miedo,

Con la confianza puesta sólo en Dios,

Huyeron a Egipto,

Para salvarTe.

Africa te acogió

Y salvó Tu preciosa vida.

La tierra a la que José fue conducido

Después de haber sido vendido por sus hermanos

Por veinte monedas de plata.

Un hecho que, misteriosamente,

Supuso la salvación de Tu Pueblo.

A ti, Tu amigo

Te ha vendido por treinta.

En aquella noche,

María, montada en una borrica,

Te apretaba fuertemente contra su corazón.

Es el drama que reviven hoy

Tantos refugiados

Con rostro propio,

Con nombres y apellidos,

Con una historia terrible

De dolor y de fe.

 

Hoy, otra vez ella te aprieta en su corazón,

Pero está lejos,

Porque no la han dejado entrar.

Y así, Tú te introduces solo,

Hasta el fondo,

En esta noche de tentación y de tinieblas.

El que se alejó de Ti esperando a otra ocasión

Se va a ensañar contigo

En unas proporciones inimaginables.

Ante la magnitud del drama

Que se juega en estas horas cruciales

Sólo cabe la adoración silenciosa

Y el compromiso,

Acogidos en el Misterio de Tu Pasión,

De dar nuestra vida

Como Tú lo has hecho.

 

Pero antes de llegar a casa de Pilato

Ha de pasar toda la noche.

Jesús, solo en el calabozo.

Un lugar sucio y pequeño,

Húmedo,

Con los ruidos de las tinieblas,

Custodiado por un hombre

Cuyo nombre no ha pasado a la historia.

Sólo hay algunos que,

En este espeluznante relato,

Se atreven a paliar Tu sufrimiento:

Simón de Cirene

Que es obligado a llevar la Cruz;

La Verónica, que enjuga la Pureza

De Tu rostro ensangrentado;

Algunas mujeres

Y José de Arimatea.

Tu Madre, ahí,

A Tu lado,

En la Hora del Hijo del Hombre,

Del Hijo de David.

Junto a ella,

El discípulo amado.

Ella recuerda una y otra vez

Las palabras del ángel

Y ahora, más que nunca,

Se pregunta qué saludo era aquel.

 

Ahí entra Jesús,

Vestido tan sólo con la túnica

Que hace tiempo le tejió María,

Una túnica de una sola pieza.

Mañana morirá desnudo.

Pero son precisamente

Esa desnudez y ese despojo de amor

Los que nos hará mirar al que ahora atravesamos.

Hace frío,

Jesús está solo,

Abandonado de todos.

Impresiona Tu cansancio, Jesús,

El polvo pegado a Tu cuerpo,

Que ayer,

En el más profundo y bello de los misterios

Convertiste en Eucaristía para nosotros.

Tú estás solo

En esta noche terrible

Que será revivida una y otra vez

Por toda la Humanidad.

Impresiona Tu angustia mortal,

Tus ganas de devolver,

Tu mirada triste

Hasta el punto de morir,

El sudor de sangre

Y tu petición de que pase esta hora

Pero de que se haga lo que quiere el Padre.

Así, ninguno de nosotros se quedará fuera

En ese descenso a los infiernos

Que has querido padecer por nosotros.

La pregunta por el abandono del Padre

Se irá haciendo más y más intensa

Hasta Tu grito desgarrador en la Cruz.

Así, nosotros podemos

Abandonar en Tu Corazón

Todas nuestras preguntas,

Y cesar de mirarnos a nosotros mismos

Para mirarte a Ti.

Entonces, como la serpiente levantada en el desierto

Tú te levantas en nuestros corazones

Incluso en las noches más profundas.

Lo has vivido todo:

El sinsentido,

El miedo,

La oscuridad,

El dolor,

La envidia,

La traición,

La Soledad,

Y la muerte.

Igual a nosotros en todo

Excepto en el pecado,

Porque el pecado nos deshumaniza

Y enturbia en nosotros

Tu imagen y semejanza.

Te haces un guiñapo

Para que nosotros,

Por Tu Gracia,

Recuperemos nuestra belleza original,

La que nos viene de Ti,

De la Comunión del Padre y del Hijo

Por el Espíritu Santo.

 

Las horas pasan lentamente

Hasta que se vislumbran

Las primeras luces del alba.

Pero aún queda un largo camino.

A nosotros nos asusta

Pero hoy, aquí y ahora,

Queremos recorrerlo contigo

Por tantas otras

En las que Te hemos dejado solo.

 

En esta noche santa,

Como en la noche de Belén,

Nosotros te pedimos,

Purísimo Jesús,

Que nos acompañes

Ahora

Y en la hora de nuestra muerte.

Que no nos dejes caer en tentación

Y que nos libres del mal.

Que nuestras vidas

No sean perdidas,

Que al final,

Como le dijiste a Juliana,

Todo esté bien.

 Viernes Santo

 Lo dice el Salmo:

Su resplandor eclipsa el cielo

Y la tierra se llena de sus alabanzas;

Su brillo es como el sol;

Su mano destella

Velando su poder.

Pero la traducción francesa del Breviario dice:

Son éclat es pareil à la lumière ;

Deux rayons sortent de ses mains :

Là se tient cachée sa puissance.

De Tus manos de carpintero,

De Tus manos que han bendecido y acariciado,

De Tus manos horadadas ahora

En los tormentos terribles

De la Cruz,

Brotan dos rayos.

Son el agua y la sangre,

Los símbolos del Bautismo

Y de la Eucaristía.

En esa luz Tú perdonas nuestros pecados

Y nos recreas,

Dios y Hombre verdadero,

Dios de Dios,

Luz de Luz,

Dios verdadero de Dios verdadero,

Engendrado,

No creado,

De la misma naturaleza del Padre,

Por quien todo fue hecho.

Ahí está escondido Tu poder,

Que es Puro Amor.

Y nosotros, Divino Jesús,

Te alabamos y Te bendecimos

Porque por Tu santa cruz

Has redimido al mundo.

 

Bendita sea, sí,

Como alguien escribió,

Tu Divina Persona,

Tu Persona Purísima,

Que nos abandona

Con el cuerpo hecho jirones,

Llaga de dolor.

 

 

De pronto se escucha un grito.

Es pronunciado lentamente,

Entre hálitos,

Por un cuerpo que se contorsiona

Y distorsiona

Colgado del madero.

Cada palabra Te supone un tormento infinito

Pero has querido dejarlas para nosotros.

Tú nos perdonas, Divino Jesús,

Nos das a Tu Madre

Y entregas Tu espíritu.

Ha muerto la Vida.

Hoy, en ningún lugar de la Tierra

Se celebra la Eucaristía

En recuerdo de aquel

Sagrado momento.

Para unos largo y difícil,

Para otros corto y suave;

Para algunos lleno de luz,

Y para otros rodeado de tinieblas.

A todos, Divino Jesús,

Acógenos en Tu último suspiro.

 

Ha terminado el recorrido terrestre

Del Hijo de Dios.

Ha llegado hasta el final.

Ha sido el Testigo Fiel.

El Inocente que muere por los culpables

Para conducirnos a Dios.

En este Misterio seremos acogidos

Y lo somos ya desde ahora,

Como el ladrón arrepentido,

O como el centurión,

En cuyo corazón pones

Una de las más bellas profesiones de la fe,

Fruto nacido del árbol de la Cruz.

 

Al caer la tarde,

En medio de la oscuridad que cubre la tierra,

Del velo del Templo rasgado en dos,

Y de los muertos que han salido de los sepulcros,

José de Arimatea pide a Pilato

El Cuerpo de Jesús.

Y lo depositan en un sepulcro nuevo,

En el que nadie

Había sido enterrado todavía.

Las mujeres preparan aromas y perfumes

Y,

Con la primera estrella del Sabbat

Se retiran para respetar el descanso.

Se ha corrido la puerta del sepulcro,

La tumba que acoge

El Misterio

De la Purísima Carne de Jesús.

Todo está cumplido.

Para que nosotros creamos que,

Cuando el hombre exterior se desmorona,

El interior se fortalece

De día en día.

 

Has muerto, Jesús.

Divino Jesús,

Concédenos venerar y experimentar

De tal modo

Los misterios de Tu Cuerpo y de Tu Sangre

Que obtengamos constantemente en nosotros

Los frutos de tu Redención.

Sábado Santo

 Hoy es un día de silencio infinito.

El Cuerpo de Jesús

Descansa

En las profundidades de la tierra.

Ese Cuerpo gestado durante nueve meses

En el seno de María.

El Cuerpo del Niño

Adorado por los pastores

Y los Magos.

El Cuerpo que Su Madre

Tuvo tantas veces en sus brazos,

Que cuidó cuando estaba enfermo,

Que acarició y besó

Mil veces.

El Cuerpo que fue salvado

De la matanza de los inocentes.

El Cuerpo de un niño judío cualquiera

Que correteaba por las calles de Nazareth.

El Cuerpo que con tanta solicitud

Buscaron sus padres

Cuando desapareció tres días

En la subida a Jerusalén.

El Cuerpo de quien conoció la alegría y la fatiga

Del trabajo.

El Cuerpo que, con orgullo,

José veía convertirse en el cuerpo

De un muchacho joven y fuerte.

El Cuerpo de quien fue bautizado por Juan

En el Jordán.

El Cuerpo de aquel que permaneció

Cuarenta días y cuarenta noches en el desierto

Tentado por Satanás.

El Cuerpo que conoció

La alegría de las bodas.

El Cuerpo que tantos buscaban tocar

Por la fuerza misteriosa que salía de él.

El Cuerpo de quien lloró

La muerte de su amigo.

El Cuerpo que, cercana ya la hora de la Pasión,

Fue ungido con perfume de nardo,

En abundancia,

Sin medida,

En vistas a su sepultura.

 

Y nosotros, Divino Jesús,

En este día santo,

De tu descenso a los infiernos,

Te pedimos que acojas en lo profundo de la tierra

Nuestros pecados e infidelidades,

Nuestras indiferencias y autosuficiencias,

Nuestras búsquedas equivocadas de sentido

Y nuestros juicios implacables.

Recibe, Jesús,

Todo aquello que oscurece en nosotros

La imagen del Hijo

Que eres Tú,

Lleno de Belleza y de Verdad.

Escóndenos para siempre

Dentro de Tus llagas, pronto gloriosas,

Y no permitas

Que nos apartemos de Ti.

Acoge nuestro deseo

Y lávanos en esta noche que se acerca,

Y que estará llena de luz,

En el agua del Bautismo

Que un día recibimos

Y que nos incorporó para siempre

En Ti.

 

A la espera de esta Luz sin ocaso

Que eres Tú,

Alfa y Omega,

Principio y Fin,

A Quien pertenecen

El tiempo y la eternidad,

Tu Cuerpo hecho Eucaristía por nosotros

Está ahora ahí

En la hendidura de la roca.

Es el Cuerpo que

En un exceso de Amor

Ha querido incluso

Habitar en los huecos de la peña,

Para que no haya nada verdaderamente humano

Que no encuentre eco en Su corazón.

Déjanos, Divino Jesús, ver de nuevo Tu rostro

Y otra vez escuchar Tu voz,

Porque es muy dulce Tu voz

Y es hermosa Tu figura.

 Domingo de Resurrección

 El corazón entra poco a poco en la alegría de la Pascua.

Por eso, la Iglesia, en su sabiduría de Madre,

Nos da la Octava, y un tiempo largo,

Más largo que la Cuaresma.

Porque la muerte nunca tiene

La última palabra.

La Vida vencerá,

Y brota ya en cada instante

Por doquier.

 

La Vigilia Pascual,

Una noche altamente simbólica:

La Luz,

El Fuego,

Alfa y Omega,

Los clavos,

Los cantos,

El Agua

Y las promesas…

 

Ellas fueron y vieron que…

¡Jesús no estaba ahí!

Jesús, vestido de Gloria infinita.

Jesús, resucitado.

Jesús, que ya no muere más.

Jesús, que muestra sus llagas gloriosas.

Jesús, reconocido por la fe.

 

Jesús Resucitado,

Tu Humanidad

Entra en el Misterio de la Trinidad.

Vuelves al Padre y,

De un modo misterioso pero real,

Introduces en ese Misterio

“algo” que no estaba antes.

El Misterio de Tu Preciosa Humanidad.

 

Concédenos, Divino Jesús,

Alegrarnos de tanto gozo como Tú sientes,

Y repetir hasta el final de los tiempos,

En memoria Tuya,

Tu partir el Pan,

Tu lavar los pies,

Tu amor hasta el extremo…

Tantos sufren hoy, Jesús.

Danos para ellos

El gesto y la palabra adecuada,

El “officio” de consolar

Como lo llamaba Ignacio.

Danos, Jesús,

La creatividad y la belleza de la fe

Para responder aquí y ahora

A lo que Tú quieres de nosotros.

 

Y Tú, María, Reina del Cielo,

Alégrate,

Porque el Señor

Ha resucitado,

Y ruega por nosotros,

Pecadores,

Ahora y en la hora

De nuestra muerte.

 

AMEN.

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