Sin sitio en la posada

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Queridos amigos:

Comparto con vosotros (al final de este post) un texto que he tomado de la página de AIN (Ayuda a la Iglesia Necesitada). Es el origen de esta Fundación de la Santa Sede que ayuda a tantas personas, ahora muy especialmente a nuestros hermanos cristianos de Irak. Me he acordado de una historia que nos contó el P. Javier Melloni S.J. en los Ejercicios Espirituales de mes en 2010, en Manresa. Alguien hacía los Ejercicios en la vida ordinaria y llegado el momento de la meditación del Nacimiento, “se atascó”… “se atascó” durante días… hasta que un día, por la calle, vio a una pareja de inmigrantes, como perdidos, sin saber a dónde ir… y ese día la imagen “fue dada a luz”.

Todos los días rezo el “Acordaos” por nuestros hermanos perseguidos. Una oración que me gusta mucho porque fue compuesta precisamente en las persecuciones de los primeros siglos. Pero… eso no basta, eso no basta… veamos cómo compartir nuestros bienes materiales, cómo abrir nuestras puertas… veamos cómo hemos celebrado la Navidad, quizás no nos ha faltado nada pero otros hermanos, cristianos o no, quizás hayan cenado o comido en el Metro, debajo de un puente, entre cartones… Jesús lo dice: “a Mí me lo hicisteis”.Otros no han podido celebrar su fe en libertad. En todos los lugares del mundo hay sufrimiento y dolor, en todos los lugares podemos encontrar el Misterio del Verbo hecho carne que sufre en la carne de los pobres. Aquí en RDCongo, en España, en Italia, en Nicaragua, en Colombia, en Venezuela, en Haití, en Burkina Fasso… en nuestros propios hogares y en nuestras comunidades, en nuestros lugares de trabajo, en nuestros barrios y ciudades… pidamos unos por otros, para que Dios nos de la gracia y la fuerza de salir a Su encuentro en los más pobres.

En la Navidad de 1947, el abad de la Abadía premonstratense de Tongerlo pide al monje Werenfried van Straaten escriba un artículo para el boletín de la comunidad. “No hay sitio en la posada” es el título de este escrito que, sin saberlo el P. Werenfried, supondrá el punto de partida de esta gran obra de ayuda al necesitado, al desfavorecido, al perseguido. Fue el comienzo de Ayuda a la Iglesia Necesitada.

No hay sitio en la posada

En la primera noche de Navidad, los caminos de Belén estaban atestados de gente. Gente que se apresuraba por llegar a la ciudad de David para inscribirse en el censo. La multitud se daba puntapiés, codazos y manotazos para abrirse paso. Pues todos sabían, en efecto, que sólo quienes llegaran primero encontrarían alojamiento para pernoctar. Sucedió lo que siempre ocurre cuando se moviliza una masa de personas: los ricos y los poderos, los que iban a caballo, en camellos o en fuertes carruajes, adelantaban a los pobres, que iban en sus asnillos, y se aprovechaban de las plazas disponibles en los albergues. Y para María, que llevaba a Jesús en sus entrañas virginales, no hubo sitio libre. Sabía muy bien que había salido de cuentas. José estaba desorientado, pero no había nada que hacer. Solos, y rodeados por la indiferencia de los demás, caminaban entre la muchedumbre.

No han cambiado mucho las cosas desde entonces. Jamás habrá sitio para Cristo mientras los hombres continúen pensando solo en sí mismos. Podemos tranquilamente sentirnos a gusto porque no nos falta de nada. Podemos alegrarnos porque somos dueños de una casa o sentirnos seguros en una habitación con ventanas y cristales que nos protegen del frío. Pero ¿pensamos en las Marías y en los Josés que fuera, a miles, peregrinan por el mundo? ¿Pensamos en el Cristo que llevan consigo y que llora en los prófugos y en los pobres, en todos aquellos a los que Él denominó los más pequeñuelos de entre los suyos, y bajo cuya pobreza esconde Él el esplendor de su figura?

La Navidad viene mil veces al año, y mil veces pide Jesús ser recibido por los suyos. Pero mil veces al año se repite también la historia de Belén, de los posaderos indiferentes y de los acomodados burgueses bien atrincherados en su autosuficiencia. Y mil veces se cierran las puertas y los corazones ante la suma indigencia, que es en verdad la indigencia de Cristo”.

(Del libro Dios llora en la tierra)

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